PREMSA  
 

Cómo nace una ley

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El poder de una tortilla a la francesa

El factor humano ha resultado decisivo en la difícil gestación de la ley de Educación

MERCÈ BELTRAN - Barcelona

INICIO DE CURSO Se augura un principio de curso complicado, con movilizaciones

RECURSOS La incógnita está en si la ley tendrá el dinero suficiente para desarrollarse

Era tarde, muy tarde. Los dos hombres E llevaban horas negociando uno de los apartados más difíciles del Estatut. De pronto, uno de ellos, el anfitrión, sintió cómo su estómago reclamaba algo más que agua. "¡Tengo hambre!", exclamó. "Yo también", dijo su interlocutor. Una vez en la cocina, se pusieron a batir los huevos para hacerse una tortilla a la francesa y pan con tomate.

La escena se desarrolló en casa de Ernest Maragall, hacia finales de septiembre del 2005, cuando éste ocupaba la secretaría general del Govern. El diputado de CiU Francesc (Quico) Homs era el otro comensal. Pese a sus diferencias políticas, que son muchas, y sus muy distintos caracteres, establecieron entonces una complicidad personal que ha resultado útil para salvar algún que otro escollo importante en la larga y difícil negociación del proyecto de ley de Educación aprobado esta semana. Un par de llamadas telefónicas en momentos muy críticos han dado sus frutos.

Detalles como una modesta tortilla a la francesa se pueden encontrar en otras negociaciones que han resuelto, con mayor o menor éxito, situaciones políticas complejas en beneficio del consenso. En el caso de la ley de Educación de Catalunya, las relaciones personales, la paciencia, la tozudez del conseller Ernest Maragall y la decidida voluntad de los negociadores de que se tenía que lograr un amplio acuerdo para dar estabilidad al sistema educativo son algunas de las razones que han contribuido a que el texto saliera adelante.

Una huelga de la escuela pública, un sinfín de declaraciones, presiones, renuncias, disgustos, decepciones y miles de alegaciones han coloreado el día a día de más de un año de negociación. También ha habido alegrías y alguna carcajada.

Más de un centenar de reuniones - a varias bandas y bilaterales-, infinidad de conversaciones, consultas, citas - ocultas o con luz y taquígrafos-, personas que se incorporaban a los grupos de trabajo y otras que salían..., todo ha sido útil para hilvanar el texto de la primera ley de Educación de Catalunya, cuya voluntad es dar estabilidad y modernizar el sistema y mejorar los resultados educativos.

La conselleria sabía que la negociación no sería fácil. La imagen de un barco, en el que unos suben y otros bajan, y que soporta mar tranquila, marejadilla y marejada, pero que pese a todo continúa navegando hasta llegar a puerto, es la que utiliza uno de los negociadores del equipo del conseller para ilustrar un proceso, no exento de críticas, que tiene sus antecedentes en el Pacte Nacional per a l´Educació, firmado hace dos años. "Ha sido muy largo y muy duro", explica Francesc Colomé, secretario de Polítiques Educatives.

En este proceloso camino no sólo cuentan las conversaciones y los tira y afloja. Las percepciones sobre los estados de ánimo de los interlocutores también son importantes. Cuando unos sonreían (CC.OO. o ICV), otros estaban serios (CiU), o cuando unos protestaban (sindicatos de la escuela pública), los otros callaban (concertada), y viceversa. La metáfora de la manta, que utiliza uno de los negociadores, sirve para ilustrar esta situación. El texto es como una manta. Si unos están bien tapados, otros tienen frío en los pies, así que hay que lograr que todos queden lo mejor abrigados posible. Difícil cuadratura del círculo.

Con todos podríamos llegar a acuerdos, pero en más de una ocasión alguien ha intentado que dejáramos de hablar", reconocen desde Educació. "Ni el presidente Montilla ni el conseller Maragall han aceptado presiones", garantizan.

Acostumbrada a negociar y pactar bastantes leyes de educación en Madrid, la diputada de CiU y ex consellera Irene Rigau cogió el primer texto que le dio el conseller y se marchó a su casa. Allí, venció el primer impulso de rechazarlo; sabía que no le gustaría porque no era el suyo. Lo leyó, releyó, subrayó y apuntó unas cuantas ideas que, a su juicio, debían ser los elementos básicos para llegar a un acuerdo. En la siguiente entrevista, además de entregarle sus propuestas, pidió al conseller que la ley se elaborara vía ponencia conjunta en el Parlament, algo que Maragall no aceptó. Pese a todo, ambos sentaron las bases para hablar.

Hay otros intangibles que influyen tanto o más que una coma o una nueva palabra en el texto. Los silencios, los teléfonos mudos, un encuentro fortuito, un guiño... "Siempre pensamos que si hablábamos dar estabilidad al sistema y que por eso tenía que estar al margen de las alternancias políticas", explica Rigau, pieza clave y discreta en la negociación. "Por eso era necesario establecer un mínimo común denominador que nos permitiera avanzar", argumenta.

Educació abrió entonces todos los frentes y se empezó a redactar el articulado. En paralelo se inició la protesta sindical y el descontento de la concertada. El articulado se modificó a consecuencia de la huelga de la escuela pública de febrero; entre otras cosas, cayó la propuesta de cesión indirecta de la gestión de los centros públicos. La concertada temió entonces pagar en exceso la presión sindical.

Conjugar los intereses de todos no ha sido fácil. Los tres socios de Govern, la oposición, sindicatos, patronales de la concertada, asociaciones de padres, docentes, ayuntamientos, entidades de ocio educativo... En esta amalgama que no se mueve en la misma dirección, todos dicen tener motivos para estirar de la manta.

La tentación de tirar la toalla ha sobrevolado en más de una ocasión en todos los frentes, "pero la tozudez del conseller es extrema", afirman varios negociadores. Como resultado final, y no sin algún que otro sobresalto, el Govern aprobó un texto que no satisface del todo a nadie. En septiembre entrará en el Parlament e iniciará una nueva fase de debate. Se augura un inicio de curso complicado, con movilizaciones y protestas. En la conselleria están convencidos de que el texto que aprobará el Parlament significará una auténtica mejora del sistema. Sólo falta que la ley tenga el dinero que necesita para desarrollarse. El camino no ha hecho más que empezar. ¿Cuántos huevos habrá que batir para que la tortilla quede a gusto de todos?

El poder de una tortilla a la francesa

Un abrazo y una negativa

Dolors Camats (ICV) y Francesc Colomé (PSC/ Educació) dieron por cerrado un acuerdo de mínimos y se abrazaron. A la vista de que las diferencias no eran "de bulto", optaron por dejar las discrepancias para el proceso de enmiendas en el Parlament. Pero la dirección de ICV rechazó el acuerdo por considerar que el texto consolidaba la doble red educativa (pública y concertada), y como resultado el Govern aprobó el proyecto sin el apoyo de ICV.

"Todo ha sido un poco raro", señalan distintos negociadores. Estos también califican de "extrañamente beligerante" la posición de Joan Coscubiela (CC. OO.), a punto de dejar el cargo.

LOS IMPULSORES DE OTRAS LEYES RELEVANTES

LEY DE IGUALDAD

Una sola condición: manos libres para trabajar

C. López

Dicen que cuando el anterior ministro Jesús Caldera llamó a Soledad Murillo, doctora en Sociología y experta en violencia, igualdad y conciliación de la vida familiar y laboral, para que se ocupara de las políticas de mujer del primer Gobierno de Zapatero, ella puso una sola condición: manos libres para trabajar a favor de la igualdad real de sexos. Y esa lucha debía empezar con la elaboración de una normativa que, al menos legalmente, combatiera la discriminación.

Caldera no puso ningún reparo, entre otras cuestiones porque la vicepresidenta De la Vega compartía el criterio de Murillo. El sí de ésta no se hizo esperar.

Desde entonces - hablamos del segundo trimestre del 2004- Soledad Murillo se dedicó en cuerpo y alma a que los temas de igualdad y la mujer estuvieran presentes en el día a día de la vida política. Tenía claro que antes de la ley debía crear un clima de concienciación. Para ello, contó con todo el apoyo de las asociaciones de mujeres, que sabían que con Murillo habría un antes y un después en la lucha por la igualdad. Así como con las entidades empresariales y sindicales, que se vieron forzadas a tratar temas a los que no estaban habituadas.

En el 2007 el Congreso aprobaba una ley que, entre otras cuestiones, obliga a la paridad en los puestos directivos. Todo un hito. Pero ese día no apareció Murillo en la foto. Sólo estaban Caldera y Zapatero.

LEY DEL TABACO

La defensa de la mayoría silenciosa

Elena Salgado llegó al cargo de ministra de Sanidad con la idea clara de que su gestión debía centrarse en la defensa de la salud pública. Y, dentro de este capítulo, tenía aún más claro que el tabaco debía desaparecer lo máximo posible de los espacios públicos, entre otras cuestiones, porque el derecho de una minoría a fumar no podía estar por encima del derecho de la mayoría a respirar una ambiente libre de humo. Y dicho y hecho, nada más entrar en su despacho del paseo del Prado dio la orden de elaborar la ley contra el Tabaco.

Los técnicos del ministerio ya tenían mucho trabajo realizado en este campo. Al fin y al cabo, la anterior ministra, Ana Pastor (PP), también quiso una norma similar por los mismos motivos alegados por Salgado. Pero el borrador de la ley se quedó en un cajón, al considerarse que no era el momento político adecuado y que la ciudadanía no estaba suficientemente concienciada.

Salgado no quiso que le ocurriera lo mismo que a su antecesora, por lo que se centró en llevar a cabo campañas dirigidas no a los fumadores, sino a los ex fumadores, recordándoles que tenían el derecho de respirar aire puro.

Con el apoyo de esa parte de la sociedad, entre la que ella se encuentra, la ley fue aprobada y el humo desapareció de los centros de trabajo, pero no de los bares de todas las comunidades. Esa es la espina que tiene clavada. / C. L.

LEY DE DEPENDENCIA

"Esta ley hay que sacarla por el interés general"

Amparo Valcarce es inspectora de Educación y los temas sociales, aunque siempre la habían atraído, nunca habían estado dentro de su área de influencia. Su mundo estaba volcado en el PSOE y en la defensa de los intereses de su provincia natal, León. Hasta que las elecciones del 2004 dieron la victoria a Zapatero y le ofrecieron hacerse cargo de la secretaría de Estado de Servicios Sociales, Familia y Discapacidad. El puesto venía con un encargo: había que sacar de una vez por todas la ley de Dependencia, asunto arduo en el que ya había trabajado el Ejecutivo de Aznar, sin conseguir el acuerdo suficiente. Nadie tuvo necesidad, ni siquiera su jefe directo, Jesús Caldera, de repetírselo. Minuciosa y trabajadora, se puso manos a la obra para poner los cimientos de lo que los políticos no cesan de definir como el "cuarto pilar del Estado de bienestar". Y, mientras pedía una radiografía de la dependencia en España, dedicó su tiempo a dialogar con todos los sectores implicados, que son muchos y con intereses muy variados. Pero Valcarce siempre confió en que los acuerdos eran posibles y ni siquiera en los momentos en que parecía que el consenso se iba a romper perdió la sonrisa. "Todos son conscientes de que esta ley hay que sacarla por el interés general", decía. A finales del 2006, la ley de Dependencia fue aprobada. / C

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