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Estado de alarma en el cole La opinión del diario se expresa solo en los editoriales. Los artículos exponen opiniones personales. Garantizar el orden académico, proteger el trabajo de los maestros y dejar a salvo a la mayoría de la comunidad escolar del chantaje de una minoría violenta son objetivos prioritarios después de los últimos episodios de violencia ejercida por estudiantes contra profesores. Sería una falta de realismo imperdonable considerar el caso de San Vicente del Raspeig (Alicante), donde un adolescente golpeó a un profesor, un hecho aislado y extremo, oída la queja permanente de los maestros, la multiplicación de situaciones angustiosas y, lisa y llanamente, el miedo que sienten bastantes docentes cada vez que deben acudir a su lugar de trabajo. Más allá del caso concreto que ha dado pie a la convocatoria de hoy de una concentración de representantes sindicales de los maestros catalanes en la plaza de Sant Jaume --una maestra zarandeada por la madre de un pequeño que reclamaba una beca--, lo cierto es que se ha adueñado del ámbito educativo un clima de permanente anormalidad en el que, con demasiada frecuencia, enseñantes y alumnos se relacionan como si fueran bandos rivales. De tal manera que, en muy pocos años, se ha pasado de la escuela franquista, autoritaria y monolítica, donde los castigos físicos no eran una excepción, a otra en la que cualquier proyecto pedagógico resulta mediatizado por todas las formas imaginables de indisciplina académica. La idea difundida por la Administración de que no se dan en el último curso más casos de violencia contra los maestros que en años anteriores, sino que se tiene un mayor conocimiento de ellos como resultado de la transparencia informativa, puede ser verdad, pero está lejos de neutralizar el clima de alarma social. Y esta no se desvanecerá hasta que se disponga de un diagnóstico de las causas de la crisis y se apliquen soluciones ecuánimes, operativas y que comprometan a los padres en la educación de sus hijos. Es imposible corregir de la noche a la mañana los casos de violencia escolar que son prolongación de marcos sociales conflictivos: barrios duros, familias desestructuradas, etcétera. En cambio, urge debatir sin tapujos la conciliación entre la vida laboral y familiar de los padres, la influencia en los menores de los héroes audiovisuales, la necesidad de prestigiar la cultura del esfuerzo y el incremento de autoridad de los docentes. Va en ello la educación --en el sentido más amplio-- de las generaciones futuras. |
USTEC·STEs (1)